Obispado de San Nicolas de los Arroyos

Obispado de San Nicolas

Homilía de Monseñor Hugo Santiago del 25 de Septiembre de 2017

MARÍA DEL ROSARIO DE SAN NICOLÁS:

LA MADRE QUE NOS UNE Y NOS COBIJA

 María en el Santuario

En el Santuario, María es como esas madres que los domingos reciben a todos sus hijos que, a su vez, vienen con su familia, sus esposas y sus hijos. La madre,  con afecto alegre los recibe, les prepara la mesa con una rica comida que los reúne, y en

medio de la cual comparten su vida, sus alegrías y sus penas,

sus angustias y esperanzas, sus logros, sus desafíos y sus necesidades.

 

Luego de compartir y encontrarse en la casa materna, renovados en el espíritu de familia, los hijos se van para continuar con sus vidas, para hacer frente a sus desafíos y sus trabajos. La madre es para ellos la acogida cordial, el seno que los sigue cobijando sin pedirles nada a cambio; la madre y su hogar son el signo del amor gratuito y desinteresado que los sigue conteniendo como cuando eran niños.

 

Un mundo huérfano

Nos hace bien venir como familia a la casa de nuestra Madre, porque vivimos en un mundo que padece la orfandad y necesitamos una madre, necesitamos de María del Rosario, ya que si bien la falta de un salario digno, una vivienda digna, una cobertura médica satisfactoria y, en general, de los bienes materiales que hacen que la vida sea más humana, sigue siendo una necesidad para mucha gente; creo que la mayor pobreza de la cultura de hoy es la pobreza en amor. Hay mucha gente huérfana de contención, de presencia paterna y materna, de buen trato, de consideración, de afecto, de comprensión, y esa pobreza afectiva duele más que la pobreza material y es cada vez más profunda en el mundo de hoy.

Es la pobreza afectiva que causa la violencia, porque es la falta de afecto y contención la que nos pone violentos,  la que da origen a niños y adolescentes agresivos con sus docentes en la escuela, con sus pares en los Boliches Bailables, con sus vecinos, con los jóvenes de otro barrio u otro equipo con los cuales compiten y se agreden mutuamente; es la falta de amor la que hace que muchos adolescentes y jóvenes piensen que su vida no vale nada o que vale muy poco, y entonces no les importa drogarse, delinquir o morir, porque, aunque no siempre sean conscientes, experimentan que su vida tiene poco sentido.

Es la pobreza afectiva en un mundo que valora a las personas por lo que producen lo que hace que muchos ancianos sean marginados en un geriátrico cuando lo único que necesitaban es que les devuelvan el afecto y la contención que ellos dieron a los suyos cuando eran niños. Es la pobreza afectiva la que sufren muchos niños víctima de violencia familiar y de abusos de todo tipo.

María del Rosario con su acogida materna nos quiere enseñar a necesidad de una espiritualidad del afecto sincero y del compromiso por el otro.

Por eso es tan profética la espiritualidad de comunión que al inicio de este nuevo milenio nos propuso san Juan Pablo II, en un documento programático llamado “Novo millennio ineunte”, en palabras nuestras: “En el comienzo de un nuevo milenio”. El Papa propone esta espiritualidad de comunión para neutralizar o al menos calmar la pobreza en amor que sufre el mundo contemporáneo, en familias ricas y pobres, también en los conventos, las parroquias y los presbiterios.

El Papa nos dice que no debemos confundir “estructuras” de común unión con la amistad misma. Pueden existir estructuras de común unión: una familia, una comunidad religiosa, una cooperadora escolar u hospitalaria, una parroquia, una comunidad política, en las que, sin embargo, no se ha logrado la amistad. De hecho podemos ver hoy, muchas familias divididas y matrimonios que se separan, cooperadoras donde la gente no es amiga, incluso parroquias donde hay división y recelo entre sus miembros o hay un trato sólo formal que está lejos de la acogida cordial que necesitan tantos pobres en amor, tanta gente herida de nuestro maltrecho mundo de hoy.

Por eso decía el Papa san Juan Pablo II: “No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual de amistad de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de amistad más que sus modos de expresión y crecimiento” (NMI 43)[1]

El Papa nos propone la espiritualidad de la amistad  como “principio educativo en todos los lugares donde se forman el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”[2]

En cuanto a las notas de esta espiritualidad, el Papa menciona cuatro. La primera dice así: “una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida, también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado” (NMI 43). El primer fundamento de una espiritualidad de común unión es, entonces, descubrir desde una mirada de fe que somos imagen de un Dios trinitario que es comunión de personas en el amor, y por lo tanto, nuestra principal vocación es el encuentro, la amistad, la comunión.

La segunda nota de la espiritualidad de la amistad es: “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del cuerpo místico y, por lo tanto, como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.” (NMI 43). Esta nota está animada por el espíritu de cuerpo; nos dice claramente que cada uno de nosotros no es el cuerpo sino sólo un miembro que necesita de los demás, como los demás necesitan de nosotros, y que debemos sentir como nuestras las alegrías y las tristezas, las necesidades y esperanzas de los otros.

La tercera nota dice: “espiritualidad de común unión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un ‘don para mí’, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente” (NMI 43). A nosotros que en general miramos los defectos de los demás, el Papa nos propone descubrir “ante todo” lo que hay de positivo, las virtudes y capacidades, y no entristecernos porque el otro tiene habilidades o medios que no tenemos nosotros, sino considerarlos como un regalo también “para mí”. La alegría del otro me contagia alegría, la capacidad de pensar del otro me puede ayudar a pensar, su capacidad de relación me pude motivar a comunicarme más, su generosidad me puede hacer más generoso, etc.

Finalmente, la cuarta nota dice: “espiritualidad de la común unión es saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf Gal. 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias” (NMI 43). Dar espacio y ayudar a llevar las cargas al hermano puede significar, entonces, dejar mis cosas, darle tiempo cuando lo veo triste y tiene necesidad de contarme lo que le pasa, puede querer decir visitar a un enfermo o encarcelado, etc. Darle espacio al hermano es vivir la comunión y la participación en el Consejo parroquial de pastoral o en un grupo parroquial donde todos son oídos, tenidos en cuenta en su opinión o aporte. Finalmente, para dar espacio al hermano hay que superar la envidia que es mirar con malos ojos el bien de los demás, superar también los celos que anulan al otro porque hacen que lo miremos no como un hermano sino como un competidor.

 

Estas notas de espiritualidad, según san Juan Pablo II, deben ser usadas como “principio educativo” en una familia, un seminario, una congregación religiosa, una familia, una parroquia, un colegio, una cooperadora, un municipio, en fin, en toda estructura en la cual la gente se organiza y se une en torno a un fin.

 

María nos recibe en su casa, nos abraza y cubre nuestras necesidades

Venimos a la casa de María como los pajaritos que van a los árboles cuando están heridos o quieren empollar, en fin, llegamos como hijos huérfanos conscientes de que en María tenemos una Madre que nos cobija, nos acaricia, nos prepara la Mesa de la Eucaristía de su Hijo, nos sana, de modo que dejamos su casa curados, esperanzados y con paz.

Me impresionan los comentarios en las redes sociales de la gente que ha acudido al Santuario y, agradece a María porque ha sentido su presencia materna, ha recibido la bendición de su Hijo Jesucristo y ha vuelto consolada, con nuevas fuerzas para hacer frente a los desafíos de la vida.

Me ha impresionado más de una persona que me ha dicho: “yo aquí me curé de una enfermedad grave”

Me impresiona la gente que llegada a la Casa de María no pensaba en reconciliarse con Dios y de pronto sintió un deseo enorme de confesarse y de hecho acudió al confesionario después de largo tiempo, reconciliándose con Dios y los hermanos.

Por todo esto concluyo con la idea con la cual comencé. María, en el Santuario, es como esas mamás que reciben a sus hijos en los días de fiesta, les dan afecto, les preparan la mesa y los consuelan sin pedirle nada a cambio cuando abandonan la casa materna para volver a sus quehaceres cotidianos.

Una oración final

    “María del Rosario de San Nicolás, Madre de Dios y Madre nuestra, mira a este mundo sin amor, mira a tantos hijos que inocentemente padecen la orfandad por diversos motivos; mira a este mundo donde el egoísmo crea marginación y abandono, donde la indiferencia parece globalizarse. Enséñanos a amar, a ver en el otro la Imagen de tu Hijo; a considerar al otro como uno que me pertenece; a valorar los talentos del otro como un don para mí; a dar lugar al hermano. Danos un corazón misericordioso como el de tu Hijo, danos de tu ternura que es un reflejo de la ternura de Dios y es remedio de nuestra orfandad. Gracias por reunirnos como familia, gracias por tu alegría materna y el consuelo que nos das. Amén.

[1]JUAN PABLO II, Novo millennio inneunte –Carta al episcopado, al clero y a los fieles al concluir el gran jubileo del año 2000 -. Roma. 2001.
[2]JUAN PABLO II, ib
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